La última mirada de Blue

Para salir un poco de los temas judiciales que seguro aburren a los lectores de este blog voy a relatar una historia que en cierto sentido desnuda los agujeros oscuros de la personalidad de quien hoy pretende castigarme sacándome a los chicos, y de mínima, tenerme en un estado de angustia permanente con la espada de Damocles de la justicia que nunca se sabe para donde va a disparar.

En la Argentina yo tenía una perra que se llamaba Blue. Era una dálmata. Sensible, cariñosa, le gustaba tomar sol, acompañarme. Perdía cantidades industriales de pelo, tanto que parecía que había nevado sobre el piso, por lo general al cambiar las estaciones, pero también si se ponía nerviosa.

Con su hocico siempre rosado y sus ojos coquetamente delineados como con rimmel.

Vivió 15 años, porque la tuve que dormir, pero por si fuera por ella hubiera vivido 100 más. Era correntina, palo duro de roer. Pero corriendo gaviotas en la playa se rompió los ligamentos cruzados de las dos rodillas cuando tenía dos años. Y el veterinario me anunció que a los 4 ya no iba a poder caminar. Pero gracias al amor y a los cuidados llegó a los 15. Y hubiera podido llegar a muchos más si no hubiera sido por la negligencia de lo que la cuidaron en mi ausencia durante un viaje, y mea culpa, mi credulidad.

Y por eso, a pesar de que la eutanasia era inexorable, yo siento que la maté. La maté con mi falta de personalidad para salir de la jaula psicológica en que me había metido mi ex marido.

Era una perra que vivía por mí. Y yo me abusé, no cuidé ese hilo de vida que la mantenía. La dejé con personas que me hacían sentir que yo era nula y que ellos la iban a cuidar mejor. Y cuando volví, un mes después, mi perra no podía caminar. No la habían cuidado como yo les había explicado y la artrosis había avanzado mortalmente. Ella ya tenía 13 años, pero antes de ese mes fatídico, le daban 7 u 8 de edad. ¿Hace falta decir que fueron mis suegros quienes la condenaron a sufrir una tortura cotidiana?

Un año me pasé tratando de recuperarla. Un buen veterinario, acupuntura y moxa le permitieron recuperar la movilidad de las articulaciones. Ejercicios en una pileta especial para perros, le devolvieron algo de músculo.

Y entonces me quedé embarazada y ya no tuve la fuerza para seguir con estos tratamientos. Sólo me quedaba la fuerza para sacarla 2 veces por día haciéndole bajar escalón por escalón 4 pisos (no había ascensor) y luego subiendo escalón por escalón.

A mi cuarto mes de embarazo la situación se volvió critica. Era el bebé o la perra. Y cuando la perra no quiso que la acariciara de tanto dolor que tenía, mi corazón explotó. Sentí toda la impotencia del mundo de darme cuenta que estaba en una situación sin salida y quien la iba a pagar con su vida era el ser que más cariño y amor me había dado en mi vida: mi Blue. Ni siquiera tuve el valor de pedirle perdón, porque sé que es imperdonable haber confiado en dos personas sin el menor sentimiento por los animales. ¿Como alguien inteligente, con amplios estudios, con sólidos vínculos familiares, puede caer en tal situación? ¿Irse a 13 000 km de su familia y de su país, sin desearlo? A un departamento en un 4to piso sin ascensor a pesar del problema conocido de su perra. Con un marido que una vez en su territorio mostró su verdadero ser, violento, manipulador, autoritario. ¿Es raro volverse tan vulnerable? Embarazada, con un hijo de 2 años, sin trabajo (por licencia pero sin trabajo al fin), sin familia, sin amigos, sin alguien con quien contar …

Y ese marido, que me mortificó durante años gritando a la perra y por la perra. Y esa perra que a pesar de todo lo quería. Y para quienes no creen que sea tan malo, el día que la durmieron a mi perra no pudo dejar de lado su egoísmo. No pudo dejar que vaya al veterinario con mi perra. Y tuvo que ser él el que estuvo delante de la perra. El que Blue miró antes de morir.

¿Como voy a estar sorprendida que me quiera sacar los hijos, si en su egocentrismo sin medida se tuvo que llevar hasta la última mirada del ser que él sabía era el que yo más quería? La última mirada de mi Blue fue para preguntar porqué yo no estaba ahí para despedirla.

Pero eso no es todo. Este sicópata después lloró una semana por mi perra como después lloró delante de las juezas para conmoverlas y que me fallen en contra! Y eso no le bastó.

Un mes después … cuando yo todavía tenía el corazón en carne viva, mirando una película donde el protagonista detalla como la mirada cambia en el momento de morir, el manipulador – porque no tenía ninguna otra razón que el placer de que fregármelo por la cara – me hace el “comentario” de lo doloroso que fue ver eso mismo en los ojos de la Blue y que él fue lo último que vio mi perra.

¿Qué necesidad de lastimar a una persona embarazada de 6 meses con recuerdos dolorosos y para colmo meter dedos en las llagas del dolor de tener que sacrificar a un ser querido y encima recordarle el hecho de no haber estado delante de su mirada? Ahí aprendí que siempre hay margen para ser más ruin.

La manipulación emocional, la violencia moral, es algo que debería ser penalizado más seriamente, destruye vidas. Las marca para siempre. Por mis hijos intento todos los días nunca más terminar en una situación donde me tenga que sacrificar yo u otra persona a los designios de un desequilibrado. Y es muy difícil, pero tengo la fuerza que me dan mis hijos y por eso me los quiere sacar.

Perdón Blue. Sé que estás en el cielo porque todos los perros van ahí, pero igual te pido perdón por haber sido débil y crédula a costa de tu sufrimiento. Te sigo queriendo con todo mi corazón.

 

 

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